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25 de abril de 2011

Hacia la excelencia universitaria o el vestido nuevo del emperador

   Las palabras tienen un significado que puede pervertirse con el uso inadecuado. Una palabra puede perder su sentido original y pasar a ser un término que esconde la incompetencia de los que lo utilizan. Como en aquel cuento infantil en que todos se admiran entusiasmados ante la belleza del vestido del emperador hasta que un niño, con su inocencia, descubre que va desnudo, la realidad puede disfrazarse a través del abuso del lenguaje.

   En el ámbito universitario vivimos unos tiempos en que términos de profundo significado están dejando de tener sentido. Parecen ser una coartada que oculta la falta de ideas, estrategias y liderazgo. El concepto rey es el de "excelencia", ya no el de "calidad", y esto mismo es significativo. Mientras universidades y ministerios pregonan el objetivo de "la excelencia" con su corolario de "evaluaciones", "ranking" y "competencia" en el mercado de la educación superior, la realidad de su implementación es un despropósito de burocracia, ineficiencia, incompetencia y desincentivación.

   Hace apenas dos meses, los profesores coordinadores de programas de doctorado de la Universidad española, dedicaron varias semanas a cumplimentar una farragosa solicitud denominada pomposamente "mención hacia la excelencia". Durante este periodo, nos hemos visto obligados a introducir una gran cantidad de información redundante, ya disponible en bases de datos de la administración, o claramente irrelevante. De este proceso, nos queda la sensación de que la herramienta se convierte en un fin en sí mismo. A día de hoy, muchos todavía no entendemos cuál es la utilidad de esta "mención hacia la excelencia", qué se pretende con ella o cuáles serán las consecuencias de su aplicación a los doctorados universitarios actuales. Este es solo un ejemplo puntual, que nos incita a pensar que la Universidad necesita una reflexión profunda sobre su situación y objetivos. Creemos que esta reflexión debe ir encaminada a reestablecer un modelo en que el profesorado universitario se dedique fundamentalmente a las tareas que tiene encomendadas y para las cuales se ha formado a lo largo de años de estudio y dedicación, con esfuerzo propio y del erario público. Estas tareas son: la docencia y la investigación. Un buen equilibrio de este binomio ha sido históricamente clave para conseguir una universidad de calidad. Sin investigación universitaria, la docencia pierde actualidad, se anquilosa y la formación de los estudiantes se deteriora notablemente. Por otra parte, sin una buena calidad docente, los egresados universitarios difícilmente podrán emprender una carrera científica.

   Somos conscientes de que la actual situación económica dificulta cualquier iniciativa que pretenda inyectar recursos en el binomio docencia-investigación, pero mucho puede hacerse sin incrementar la inversión. Parte de los problemas que aquejan a la universidad son debidos a la inestabilidad de los marcos legales, a una burocratización excesiva y a la incapacidad de los gestores universitarios para marcar unas prioridades claras y actuar en consecuencia. Sorprende, por ejemplo, la avidez por enmendar los mecanismos de control de la calidad que se establecieron no hace más de tres años. Así, durante el período evaluado (2004-2009), los programas de doctorado han estado sujetos a tres normativas distintas. Todas estas modificaciones continuas de los reglamentos y las normativas a menudo se acumulan sin dejar el tiempo necesario para poder evaluar la adecuación o no del marco anterior. Con cada cambio de Gobierno, aparece una nueva normativa, con su corolario de periodos transitorios y superposición de criterios. Es cierto que vivimos en un mundo en constante transformación, pero sería deseable que, al menos en el ámbito universitario, se alcanzasen acuerdos estables que eviten esfuerzos innecesarios y que permitan una programación a medio y largo plazo de la actividad universitaria. La constante inestabilidad legal del sistema va en detrimento de su calidad.
  
   Hoy en día, la Universidad precisa de un marco legal estable con unos objetivos claros y alejados de la burocratización excesiva e innecesaria, que mantenga el equilibrio imprescindible entre docencia e investigación y que, con responsabilidad y exigencia, aspire a alcanzar una elevada calidad media de la que pueda sobresalir la excelencia. Es necesario también sentar las bases para una recuperación de la confianza y el respeto hacia la labor y dedicación del profesorado universitario, sometido a evaluaciones repetidas por todos los organismos públicos estatales y autonómicos.

   En consecuencia, creemos que es prioritario arbitrar un sistema que permita identificar "la excelencia", a partir de "la calidad", con el mínimo grado de interferencia en las tareas propias del quehacer universitario. Todo ello debería repercutir positivamente en un progreso estable del sistema universitario y, en última instancia, de la sociedad en su conjunto.


artículo de opinión. Josefa Badia y Francisco Mestres

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